lunes, 1 de diciembre de 2008
Psicosis
Yo escogí mi destino- resulta irónico decir que lo escogí- en el hogar de Vela oloroso a jabón azul y a comprensión; Vela me mostraba figuritas recortadas de viejas revistas y me empujaba a escoger las que más me gustaran; también me enseño a dibujar los números utilizando palitos de fósforos, a discurrir y también el valor de la lealtad.
¡La escuela donde cursé la primaria! Qué angustia no poder encontrarla: en el sitio se levanta ahora un enorme edificio marrón, unos metros más allá persiste el puente sobre el sucio río; lloré sin lágrimas pensando en Manuel y en mi memoria tardíamente recuperada. Abrazada a mi nostalgia recorro esas calles entonces inmensas y que ahora resultan tan pequeñas y estrechas. Recuerdo mi blanco guardapolvo de colegio, la fatídica iglesia, las películas mexicanas de los sábados y mi quemante amor.
El tiempo se tiñe con todos los colores del arco iris; llueve y siento la lluvia golpear el enrejado ventanal; en una noche como ésta fue que comencé a sentir los pasos de Manuel, esos pasos que recorriendo incansablemente el suelo de mi departamento comenzaron a conducirme al insomnio. Se objetivo la culpa me afirma este inexperto doctor; son palabras que nada le dicen a mí alma donde: múltiples senderos se bifurcan.
Al principio sentí una estupefacta alegría, pero después lentamente, muy lentamente, fui descubriendo que no se trataba de un reencuentro sino de una refinada venganza: su caminar nocturno me atormentaba; noche tras noche sus pisadas incesantes, lentas, monótonas, me fueron impidiendo el descanso.
No logró determinar si Manuel tenía 22 o 26 años, solo sé que me enamoré locamente de sus ojos moteados de lentejuelas. Aún no se le perseguía políticamente y cumplía sin dificultades sus tareas de vendedor de seguros y estudiante universitario; hicimos gran amistad y entre continuos encuentros me fue iniciando en el auténtico cine y en la buena literatura, sustituyendo paulatinamente las novelistas de Corín Tellado por El Gran Meaulnes, El Conde de Montecristo y toda una serie de espíritus sensibles.
Cuando murió acribillado no lo acepte y con la urgencia con la que fui enviada a estudiar a la ciudad donde residían mis tías... ¡ nunca tuve la oportunidad de abordar esa muerte!
Cada vez que le habló de las pisadas al psiquiatra, éste pone cara de escepticismo; trata de no dejarlo traslucir pero yo me doy cuenta perfectamente de su expresión; le hago notar que disparé a alguien muy real y que solo por consideración el escándalo fue acallado; silencio, solo silencio del otro lado del escritorio.
¡La pequeña ciudad calcinada por el calor y el miedo! y ahora este hombre de bata blanca acostumbrado a las perversidades modernas insinúa que soy inocente...pero...¡nadie es inocente!. Eran tiempos de dictadura, solo tenía doce años y cuando el oficial me interrogó, lo dije: había visto a Manuel entrar a la iglesia...
No me importa permanecer aquí encerrada. Hablo desde la vieja casa de Vela, la casa de mi infancia que me acogido desde el naufragio, desde sus caminos de piedra; el vetusto hogar de cuyas paredes cuelgan desvaídos retratos; desde esta casa, con el comedor vacío donde todo indica que me he quedado sola para siempre.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)