Norma Romero
Las aventuras y desventuras de Don Quijota de la Mancha.
Crecí leyendo cuentos de hadas y en toda mi infancia solo tuve noticias de seres fantásticos como, el hombre invisible, las sirenitas, Caperucita Roja, los viajes de Gulliver; contribuyendo a mi adocenada cultura las encantadoras leyendas del Amor Cortés, con sus hermosas y tímidas doncellas, y los torneos entre valientes caballeros. Tampoco se me escatimó pedagógicos ejemplos de cortesía y buenas costumbres, como el Manual de Carreño, ni se me privó del horror de las películas de Franskestein , quien en un final tardío asesina a la niña que le regala una rosa.
Con tal bagaje, al terminar la primaria y continuar la secundaria me asombraban algunos profesores, que al impartir las clases, parecían que estaban descifrando del sánscrito los pergaminos de Melquíades y no tenían la soltura del bueno de Gulliver.
Por entonces mi primera dramática aventura fue la selección de ¿Qué hacer en mi futura vida?; Se encontraba en mi clase un muchacho maravilla, quien siempre sacaba veinte, en particular en química y física, lo que me producía profunda admiración y como en lo único que yo no tartamudeaba era en materia de humanidades, vino en mi ayuda vocacional un viejo profesor que hablaba con desbordante emoción de la complejidad psíquica, me dije : “esto es lo mío” y a ello me dirigí.
El primer sitio donde aterricé al recibirme fue en un enorme y viejo hospital, donde se observaba un obligado silencio y reverenciados códigos; me asignaron el lado izquierdo donde se atendían enfermos con fantásticos delirios y donde se presentaba y se escondía, a intervalos, un escurridizo gato que daba un toque amable e irónico al gris ambiente, idéntico al gato que presenta Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas.
Durante ese tiempo, que podría tildarse de aprendizaje y crecimiento, hubo amargos incidentes sin dejar de lado satisfacciones, pero, también momentos en los que me debatía como Odiseo entre Escila y Caribdis por ejemplo: renunciar y volver fracasada a la casa paterna o continuar ,libre, en el camino, de mil acechanzas que rodean a una mujer, para ganarse el pan con el sudor de la frente.
Anécdotas infelices: un compañero del personal masculino, apreciando mi juventud, me hacía, en ocasiones, maliciosos y poco ortodoxos comentarios sin venir a cuento, que me hacían sentir incomoda y sin saber que responder, -odiaba las discusiones -; entonces prefería pasar por idiota o mujer versada en mil lances, incluso es posible que se llegara a la conclusión que yo era la encarnación de Justina, personaje del Marqués de Sade .
Hubo situaciones complejas a nivel burocrático, extrañas para mi. En realidad durante ese año de mi debut siempre me sentí como Alicia cayendo por el agujero, sin saber, exactamente, como actuar a pesar de mi fervor de novicia.
Al cumplirse dos años me fue angustiando más la atmósfera de ese lugar y resolví agarrar mis petates y largarme de tan agotador ambiente contando sólo con mis exiguos ahorros y la expectativa de un trabajo en diferente sitio. Cambiar de amo como El Lazarillo de Tormes.
Después, la necesidad de realización me llevó a parar a un lugar de múltiples oficinas, donde apreciaban mis servicios, y en el cual, por bondad del destino, trabé relación mística con un Venerable, quien, posteriormente, fue llevado a los altares. Vinieron otros amos poco amables y por absurdos motivos políticos tuve que abandonar la labor y la pequeña oficina donde me iba muy bien entrevistando, a seres inconformes con su vida e ingresos.
Continuara.
Pero antes debo advertir que esta Doña Quijota, hasta el momento, nunca se ha enfrentado audazmente a Los Molinos de Viento.