martes, 20 de noviembre de 2018

Mi Padre: El Otro


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Norma Romero
Mi Padre: El Otro

“ Y el padre le pidió perdón al hijo y el hijo le dio el perdón”.

Esa frase, que pertenece a un poema que recitaba, con mucho énfasis, mi primo me estuvo haciendo reflexionar sobre las relaciones con mi padre, que no hay dudas de que fueron bastante difíciles.

A pesar de los años que tengo de  recorrido psicoanalítico, debo confesar que es ahora que me sorprendo tratando de lograr una visión objetiva- dentro de lo posible – de ese ser que marcó con profundidad mi vida.

Al principio y durante mucho tiempo lo consideré un súper hombre: ningún guerrero podría igualarlo en valentía, ningún orador lo ganaría en elocuencia; yo me encontraba bajo su Poder: cortar amarras con esa fuerte personalidad no fue  tarea fácil y hube de derramar abundantes  lagrimas.

Con costumbres de principios del siglo XX, exigía ritos de adoración y respeto, por ejemplo: el besamanos, que yo cumplía con resquemor e interno descontento; también que le ahuyentara alguna oscura nube de preocupación manteniendo una conversación divertida, graciosa y chispeante, lo que me enojaba pues soy introvertida y  de poco conversar.

Nuestra casa era espaciosa y en las charlas de sobremesa, que él presidía con solemnidad, se podía escuchar su profunda voz hasta en los confines del último patio, su voz llenaba el espacio cual la voz de Dios.

La Biblia era su libro de cabecera y consideraba a   Jesús como un gran político, pero no estaba de acuerdo, de manera alguna, en poner la otra mejilla, a pesar de respetar su profunda fe y entereza. Juzgaba que en el trato con las demás personas la honestidad debía prevalecer y afirmaba: ” La honestidad es siempre el mejor negocio”. Era generoso pero también proclamaba las virtudes del ahorro.

Sus amigos y familiares lo llamaban, por apodo, “ Viejo tigre” con voces que denotaban simpatía por su claridad y agudeza en ver los puntos oscuros de cualquier situación, y en un viaje que hice, años después, a la Gran Sabana logré conseguir una pequeña talla de un tigre, de ojos fosforescentes, que me  lo recordaba.

Hubo una luz en la oscuridad la vez que me dijo, en confidencia, que yo era su hija favorita porque había heredado su afición por la lectura. Ese día me dio la llave de su pequeña biblioteca, que me parecía que contenía todos los libros del mundo; allí, sentada en el suelo, pude leer obras de Alejandro Dumas y una de Thomas Mann, que nunca he olvidado. También cuando me llevó a Sears y me compró dos preciosos pantalones pescadores- que estaban de moda- y  dos coquetas blusas, porque  escuchó decir que las quería.

Conservador, pensaba que el matrimonio era el estado ideal del hombre por el compromiso espiritual y carnal que implicaba y con eso zanjaba cualquier discusión sobre temas que juzgaba espinosos;  afirmaba: “ El hombre solo, no vale nada” y miraba con entendimiento a sus hijos varones y con preocupación a mis hermanas y a mi.

El tiempo, ese tiempo que pátina todas las cosas, me ha permitido valorar todo el valor y la honestidad de ese hombre que condujo sin vacilar a su familia a través de cambios políticos tumultuosos,   traumas familiares y heridas personales sin ceder un ápice en sus principios, que nos dejó como herencia.


sábado, 29 de septiembre de 2018

Domingo de Resurrección



Norma Romero
Domingo de Resurrección

Este domingo, al despertarme en la mañana, al punto recordé el sueño extraño y tal vez milagroso, que había tenido: me encontraba rodeada de personas, de rostros no identificados y de un Angulo  del círculo surgía una voz atronadora que iba desgranando inconcebibles acusaciones; parecía que se estuviera llevando a cabo un juicio, pero no veía  al acusado ni al abogado defensor; de repente me sentí ligera ,levitando, invadida por una inefable sensación de paz y éxtasis.

No sé en que momento volví en mí y … ya no se escuchaba la estridente y acusadora voz, seguidamente me invadió un invencible aburrimiento. Luego, al despertar, tuve presente que era domingo y estaba finalizando la Semana Santa.

Aún, adormilada seguí meditando sobre esa sensación que, en ocasiones, me invade de vivir en un mundo paralelo, o entre representaciones, caminando a tientas para tratar de encontrar algo tangible y no meras imágenes.

Evoqué, con dulzura, al ángel de baratija que había comprado en memoria de Las Elegías de Rilke; un ángel con su trompeta, al que imaginé estaría llamando a las almas a su resurrección.

Y…Hoy es : Domingo de Resurrección.

Un crimen de odio

Norma Romero 1984 – George Orwell Un crimen de odio Hace muchos años, cundo aún no estaba de moda en el país los llamados “Crímenes de odio”, ocurrió que asistí, en la Universidad, a la clase de un profesor de literatura (que ingenuamente, admiraba). Este nuevo Virgilio, nada más sentarme en el pupitre, derramó sobre mi el “gran raudal de su oratoria” , con acusaciones y epítetos falsos e infames, el más suave fue llamarme retardada mental. Aparentemente, como un segundo Diablo Cojuelo, había levantado los techos de las casas descubriendo inocentes secretos de sus habitantes y convirtiéndolos en pecados perversos de los cuales me acusó, públicamente, aupado por sus cómplices. Yo era ( y soy) una ferviente idealista, defensora de la libertad de conciencia e ideas y quizás, por lo mismo, no estaba afiliada ( ni estoy) a ningún partido político. En esos momentos estaba preparando una tesis que versaba sobre el Amor de acuerdo a Sócrates según la mirada de Platón. Dicho profesor, al parecer, le profesaba admiración a Robespierre, y nada más informarse sobre el trabajo que estaba realizando y que pensaba asistir a su clase, ( En el ambiente universitario no es difícil informarse sobre intereses académicos) preparó su trampa. No me introdujo ratas en la boca, según algún clásico manual del torturador, porque estaba impedido de hacerlo. Y así transcurrieron 45 minutos, yo esperando que comenzara la clase, y él, quizás, esperando ( en medio de su diatriba) que yo diera voces, clamara al cielo por tanta infamia, sollozara en forma incontenible, desgarrara mis vestiduras, me cortara las venas, etc. Pero yo creo, que, piadosos, los dioses descendieron sobre mi, pues no atiné a decir nada y frente a las acusaciones inconcebibles del tribunal de Robespierre me invadió un incontenible aburrimiento y sólo deseaba que empezara la clase y concluir mi tesis sobre El Amor.

jueves, 15 de febrero de 2018

Un festin

Norma Romero Un festín Anteriormente, en mi juventud, nunca pude creer que la vida fuera maravillosa, un “festín”, pero si pensaba que los poetas estaban dotados de una sensibilidad especial y que eran seres exquisitos, pero esas creencias se fueron derrumbando al ir descubriendo y constatar, que podían ser tan perversos y mezquinos como cualquier persona identificada con tales rasgos. En general soy muy lenta en caer en cuenta de las cosas y estoy llena de normas interiores que actúan como un freno sobre mis inquietudes y pesares, así que mis amargos descubrimientos sobre la personalidad de algunos poetas, en lo que me atañía, los realicé muy lentamente. Hubo momentos en que me refugiaba en Dante y su Divina Comedia y murmuraba “ En medio del camino de la vida/ errante me encontré por selva oscura/ en que la recta vía era perdida. ¡Ay, que decir lo que era, es cosa dura/esta selva salvaje, áspera y fuerte/ que en la mente renueva la pavura! “ Entonces permanecía sumida en meditaciones que abarcaban el presente y el porvenir y a veces me sorprendía la noche, con los ojos llenos de lagrimas, angustiada por entrevistas visiones tratando de elaborar, con los rayos de luna, una poderosa coraza de plata para protegerme. También recaía en el sentimentalismo y leyendo en El ruiseñor y la rosa el sacrificio del noble y pequeño ruiseñor, dicha lectura me hacia advertir el espacio que podía existir, todavía, en el mundo para los sentimientos nobles. Si, la vida no es un “festín” pero existen momentos, situaciones, sentimientos, y acciones rescatables.