sábado, 30 de diciembre de 2017

El Aula nùmero trece

Norma Romero El Aula Número Trece Al fondo, de uno de los largos pasillos de la facultad, se encontraba situada el aula, que arrastraba además del número trece una singular aureola; ya me habían prevenido: “el que entrara en esa aula estaría condenado a perder los recuerdos.” Nunca había pretendido ser como Funes el memorioso, además no creía mucho en consejas, ni me sentía angustiada por banales olvidos, pero me intrigaba el origen de esa oscura fama: ¿qué habría ocurrido en esa aula? ¿quizás algún hecho infame, que aún impregnaba los inocentes pasillos? Al parecer durante décadas se habían mantenido variados comentarios. Contaban que allí acostumbraba dar clases un viejo profesor, de no sé que disciplina, hasta que ocurrió un suceso, que nadie tenía claro, porque un extraño olvido había arrasado la memoria de los participantes de la última actividad, que allí se celebró. El profesor había desaparecido, entre murmuraciones, con destino desconocido. Se hablaba de venganzas, ¿habría estado celebrando tales pasionales ritos? Todo ello dio pábulo a disparatadas elucubraciones, en las cafeterías de la facultad. aquella tarde, llevada por mi curiosidad, me había aproximado al pasillo, contiguo a la sala; a esas horas estaba todo muy silencioso. Caminé unos escasos metros y enseguida percibí la puerta del discutido salón con su pequeña ventanita de cristal azulado y el número que lo identificaba. Agarré el niquelado pomo de la puerta, que para mi sorpresa no estaba cerrada con llave, quizás los vigilantes se habían olvidado del detalle, y tomé la lamentable decisión de entrar al espacio prohibido. Pensé que lo encontraría desierto pero, ¡oh, indescriptible sorpresa¡ enseguida comencé a oír sonidos obscenos, dirigidos a mi persona, y empezaron a desfilar, ante mi mirada atónita, multitud de figuras extrañas y fantasmagóricas como fuegos fatuos, y también escenas de torturas medievales; horrorizada permanecía paralizada: todo se sucedía tan rápido que no alcanzaba a comprender nada. Sobre los sonidos se superponía una voz retumbante que parecía orquestar el aquelarre, junto con otras que le hacían coro. Luego de un tiempo imposible y desesperante me encontré -ignoro como- fuera del escalofriante recinto; automáticamente mire mi reloj y advertí que habían transcurrido 45 minutos, exactamente la duración de una clase, y… tan solo imágenes borrosas cruzaban mi mente; se había cumplido la profecía: no recordaba con certeza lo ocurrido. Permanecí mucho tiempo, desplomada, en uno de los asientos cercanos, tratando de comprender, pero el vacío de mi mente solo me devolvía el estupor y es ahora - ¡tantos años después¡ - con la colaboración del tiempo, que mi memoria me permite tratar de hilvanar que me sucedió en esa aula, actualmente clausurada. Y recuerdo a Borges y su sentencia: “Cada día es distinto y tal vez cada hora”. Solo espero que el tiempo me traiga recuerdos menos tenebrosos.