martes, 31 de octubre de 2017

A la sombra de las muchachas en flor

Norma Romero A la sombra de las muchachas en flor Muchas veces cuando me asomo al balcón y veo pasar el enjambre de liceístas, con sus bromas y risas, recuerdo a Proust, quien en su Busca del Tiempo Perdido, rinde un homenaje a sus muchachas en flor. No se puede dudar que, en la juventud, muchas veces se originan creencias que tienden a mantenerse más allá de la vida y más acá de la muerte; creencias que se encallan en la memoria y resisten cualquier embate de la realidad. Hace poco, me golpeó la realidad, cuando, al despedir a una joven pareja y observarla alejarse en el coche, mi memoria dio un salto y retrocedió a una lejana noche en la, que, desde una terraza, vi pasar ante mi mirada apasionada, a otra joven pareja y de aquella escena móvil sólo pude captar, entonces, lo que anhelaba, y, ahora, en este mediodía, de pie en la calle, entiendo, finalmente, el mensaje que dormía encapsulado en el tiempo. Había estado soñando un pasado que ya era sólo la historia de otra persona, sin embargo la imagen de aquella joven me conmueve y le hago, desde mi precario equilibrio, un afectuoso ademán de despedida.

sábado, 28 de octubre de 2017

La pulsera

Norma Romero La pulsera Cuando me encontré, un abril, la rutilante pulsera, brillando entre ese montón de tonalidades amarillas y naranjas, que hablaba de un mágico otoño volcado en el verano, imaginé que ese circular objeto, te nombraba. De pie ,en el parque, evoqué aquella frase: “ El recuerdo no viene al hombre así de frente, viene por las esquinas, dando rodeos”, y de esa manera me habían ido sobresaltando tus recuerdos, de a poco, dando rodeos, Despacito, como el título de la canción de moda que se escuchaba todo el tiempo en la radio. Esa pulsera me traía una imagen, que, en apariencia, no tenia nada que ver, igual que los secretos que guardaba la luna. En realidad no la encontré en el parque, - no soportaba que su hallazgo se diera en circunstancias tan anodinas y embellecí ese descubrimiento- la hallé en la alfombra de mi oficina una mañana de julio, y la guardé pensando en devolverla, alguna vez, a su desconocida dueña por lo que publiqué avisos. Todo inútil. Nunca pude entregarla y permaneció conmigo adornando mi muñeca durante las primeras Oposiciones que presentè en la universidad, durante la celebración de algunos éxitos, en algunos momentos sorprendentes, siempre conmigo. Pensando en encontrarte en algún mágico verano del futuro. Pero el futuro y el verano pasó y nada ocurrió ,por lo que una noche, despechada, arrojé con furia la pulsera a la calle para que algún otro adorador de la luna , ingenuo o perverso, loco o cuerdo, la encontrara.

domingo, 15 de octubre de 2017

SHEREZADE

Norma Romero Sherezade No sé como empezar esta historia, me lo dificulta el tiempo transcurrido, que ha hecho que los sucesos cobren un tinte de leyenda y además carezco de los recursos de la princesa Scherezade, la celebre esposa del sultán. Contiene un Él y una Ella, lo que no la hace una historia singular: Él se convirtió en psiquiatra, Ella se enfermó. Nada notable tampoco. Eso ocurrió hace montones de años, cuando las arenas doradas del desierto no existían, tan sólo los inmensos océanos bañando un universo recién nacido y yo trataba de escribir. Pero, en ese entonces, cayó sobre mi un velo, que no fue el Velo de maya, sino el velo de una pueril y sempiterna ilusión y una situación que no tenía la belleza de una tragedia griega, fue transformada en algo poético y hermoso. Él se convirtió en psiquiatra, Ella se enfermó. ¿Se enfermó? Si , de otra manera ,como explicar tanta obsesión y permanencia a través de cien mil días y otras tantas noches, entre luminosas actividades como ensartar con agujas de plata las nubes presurosas. Y, ¿Qué hace un psiquiatra en este desquiciado y terrenal mundo? Quizás amontonar historias muertas e ir envejeciendo sobre anacrónicas páginas y desvaídos y apagados murmullos. La imaginación agoniza tratando de develar que sucedió con Él. También ignoro como finalizar esta fábula, que, quizás se adentre en un libro de cuentos para niños.

domingo, 1 de octubre de 2017

Un caminar en penunbras

Norma Romero Un caminar en penumbras Ana, en la penumbra de la sala, caminaba con dificultad temiendo tropezar a cada paso, sentía que desde el fondo de esa oscuridad, unos ojos vigilantes, la observaban; unos ojos infantiles muy parecidos a los suyos, que en ocasiones, se tornaban acusadores, la acusaban de traición, de indiferencia, de no sé que… Casi sentía la oscuridad resbalando suavemente sobre su piel y bajo el peso de esa mirada y su temor de caer, trataba de reflexionar sobre en que consistiría la acusación de esa niña ¡Tantos años después! Y de pronto le asalto un pensamiento, quizás la acusaba de la no aceptación de su feminidad, de no haber podido florecer… en fin… quizás sería eso y se prometió repensarlo. Podría ser, que cuando se sentía triste se asemejaba a Susana San Juan, la mujer de Pedro Paramo; la familia se aterrorizaba de verla permanecer en ese estado y la forzaban a realizar infinidad de cosas para alejar la pesadumbre; quizás la niña la acusaba de enmudecer su alegría. Una vez le dijeron que había estado grave, muy grave, pero ella nunca lo vivió así; se había sentido casi igual que estando despierta: el mismo ventanal con cortinas escarlatas, los mismos rostros, la misma rutina, el mismo malestar, la misma arena marcando el tiempo, y su alma volando lejos, muy lejos hacía cielos que presentía tornasoles y grandes lunas negras. Un espejo oscuro le devolvía su silueta en la cual se iba produciendo una lenta metamorfosis que la confundía: estaba envejeciendo y los ríos de leche y miel prometidos no le habían llegado.