domingo, 30 de julio de 2017

viernes, 14 de julio de 2017

Domingo de Resurrecciòn

Norma Romero Domingo de Resurrección Este domingo, al despertarme en la mañana, al punto recordé el sueño extraño y tal vez milagroso, que había tenido: me encontraba rodeada de personas, de rostros no identificados y de un Angulo del círculo surgía una voz atronadora que iba desgranando inconcebibles acusaciones; parecía que se estuviera llevando a cabo un juicio, pero no podía percibir al acusado ni al abogado defensor; de repente me sentí ligera ,levitando, invadida por una inefable sensación de paz y éxtasis. No sé en que momento volví en mi, y … ya no se escuchaba la estridente y acusadora voz, seguidamente me invadió un invencible aburrimiento. Luego, al despertar, tuve presente que era domingo y estaba finalizando la Semana Santa. Aún, adormilada seguí meditando sobre esa sensación que, en ocasiones, me invade de vivir en un mundo paralelo, o entre representaciones, caminando a tientas para tratar de encontrar algo tangible y no meras imágenes. Evoqué, con dulzura, al ángel de baratija que había comprado en memoria de Las Elegías de Rilke; un ángel con su trompeta, al que imaginé estaría llamando a las almas a su resurrección. Y…Hoy es : Domingo de Resurrección.

domingo, 9 de julio de 2017

Cronicas de la escuela

Norma Romero 1.UnaComposición. “Recojo mis instrumentos de trabajo: el gusto, la vista, el oído, el olfato y el tacto" y paso a revivir en mi memoria el recuerdo de esos años, ¿qué pasó allí, en ese corte? ¿Cuándo pasé de estudiante feliz a escolar atormentada y mediocre?. Ya el recuerdo vino corporizado a mí: he vivenciado el dolor de mi separación de Madre Dolores y más allá de ella, pero también (ella) de mi colegio; es cierto, he olvidado los detalles, sólo resucito los sucios baños del nuevo colegio, los uniformes nada homogéneos, la indiferencia de las maestras, mi desorientación y mi soledad en los recreos. Si recuerdo la indiferencia de las maestras es porque un detalle, importante, sobrevive aún; un detalle decisivo: un día ,desesperada, estudie mi lección; era una composición sobre el petróleo y me llevó a realizar ese esfuerzo el haber obtenido, por vez primera en mi vida de escolar, treinta puntos en la boleta , un deficiente (las notas eran sobre 100); un 30 que marcó mi caída de alumna sobresaliente a escolar mediocre. y esa vez que estudié mi lección ¡milagro! mi maestra me estimuló diciendo: “ Muy bien, Carter (nos llamaban por el apellido) sigue estudiando y podrás aprobar el año”. No se trataba de salir sobresaliente solo, de “aprobar.” Ese colegio desordenado, sucio, era el premio por mi diligencia en llevar a casa el recibo con el aumento de la matricula. Algo había escuchado en casa: “esas monjas son unas explotadoras, si elevan la matricula saco a las muchachas del colegio”. Entre el colegio y mi familia opte por mi familia y traicioné a Madre Dolores: me alarmé también por el costo de la matricula e hice causa común con mis padres; ¡Que escándalo, habían aumentado la matricula! Madre Dolores y mis preguntas: ¿verdad, Madre, que existe el Niño Jesús? Madre Dolores enseñándome a rellenar con lápices de colores las diversas figuras… Madre Dolores defendiéndome de los empujones de las compañeritas mayores. Madre Dolores , prendiéndome en el uniforme el botón de alumna sobresaliente. Esos primeros años en el colegio de La Consolación fueron felices, mis años más felices de colegio, no sospechaba que la consecuencia del aumento de matricula iba a ser que me inscribieran en otro tipo de escuela , una escuela en la cual iba a sufrir mucho. El shock de asistir a una clase de escuela que mi orgullo de alumna de La Consolación me había hecho siempre despreciar: marchando en nuestras azules filas, en procesión hacía la iglesia, siempre era posible tropezar con alumnas de colegios públicos e instintivamente despreciaba sus uniformes indecorosos, sin línea roja bordeando los blancos cuellos ( como nosotras) sus burdas medias ( o ausencia de ellas) a gran distancia de nuestras largas medias marrones alzadas hasta la rodilla; cuando las arrollaba hacía abajo, en días de clase, siempre alguna hermana nos daba la imperativa orden de volver a estirarlas. Ya nunca tendría la oportunidad de usar el uniforme de gala; había abrigado la esperanza de que en algún momento me lo pudieran comprar y entonces poder contarme entre las filas de vanguardia en las cuales iban sólo las alumnas vestidas con el azul de gala y no marchar en la última fila con el uniforme de diario. Colegio de Barcelona, colegio de mi infancia, en una ciudad donde el sol quemaba y el mar a lo lejos nos hacía sentir su presencia. No asistir a la iglesia los domingos con el grupo del colegio, convertirme en una anónima alumna de colegio público en el cual no se acostumbraba ese tipo de solemnes actividades. ¡Qué humillación tan dolorosa! La armonía del cosmos quedaba destrozada, no existía orden ni justicia. ¡Que intenso espanto por haber salido reprobada “quebrada” en ese trimestre o mes ( no recuerdo cual era el cronograma de actividades que se aplicaba entonces). Fuerzo a mi memoria a recordar como escondí la boleta debajo del colchón de mi cama y como viví días de intenso terror por temor a la pérdida del año de estudio. En casa una situación como esa era inconcebible, era causa de rechazo y de drástico castigo: no volver más al colegio y quedarme trabajando en casa ayudando a mamá en las faenas diarias. Ya un hermano había pasado por una situación similar y aún subsistía la leyenda de ese hecho abominable y del ejemplar castigo impuesto. Ser la quinta de siete hermanos no es fácil , con demasiada frecuencia se ve una condenada a ser invisible; si fracasaba en los estudios, lo único que me hacía merecedora de atención, mi vida hubiese resultado totalmente intolerable. Pensé en desaparecer, lanzarme por el puente por el que atravesaba camino a casa ¡cualquier cosa para no presentarme portadora de tan degradante noticia! Por eso, desesperada, me dedique a estudiar hasta que me aprendí de memoria esa lección sobre el petróleo que me valió la esperanzadora felicitación Ese año mordí a solas mi impotencia, mi honda nostalgia por mi antiguo colegio, por la madre Dolores, por mis largas medias marrones a la rodilla y por mi hermoso libro de tapas rosadas: la Gramática Española que me había sido comprado a comienzo del año escolar. Debía estudiar en otros libros. Años después, en bachillerato, volví a mi colegio pero ya no era el mismo de antes: no estaban mis antiguas compañeras, no estaba la Madre Dolores de mis primeros años, esa Madre Dolores, huidiza, que no consigue mi memoria fijar con nitidez, pero cuya imagen subsiste en mi corazón profundamente, tan hondamente que no recuerdo pormenores pero sigo reverenciando su recuerdo aunque Borges diga: “ los recuerdos nos traicionan, nunca la memoria atrapa el suceso tal como sucedió”

Regreso a Payton Place

Norma Romero Regreso a Payton Place Dejé a Allison escribiendo sus primeros artículos para el periódico local y hoy, la vuelvo a ver caminando por esas calles, camino al periódico, con la brisa acariciando su rostro y con su mente fantasiosa repitiendo, con deleite, su propio nombre: Allison, Allison. Me brotan lagrimas, casi de compasión y recorro las páginas de Las Ilusiones perdidas de Balzac; recordar a Allison es como extraerme una bala plateada del centro del pecho, del corazón que es la eterna diana. Ya han pasado muchos años, pero aún conservo la memoria de esa casa, con su baja platabanda, de las siete cuadras que andaba ella, incluyendo la plaza, semidesierta a esas tempranas horas y del sol que le requemaba la piel, camino del trabajo. Recordaba esa pequeña ciudad con colores como de tecnicolor, y ahora sé que siempre estuvo cruzada por venenosos chismes y mezquinas sospechas. Hoy, contemplo sus edificaciones, resplandecientes de violencias de todo tipo, es lo que se ocultaba bajo aquella capa, de tranquila aceptación y tolerancia, que encubría ¡tantas! Turbulencias humanas que en aquella época Allison no podía percibir. Pienso que si actualmente ella leyera su propio diario, cuando se vivenciaba protagonista de Servidumbre humana, se sentiría totalmente incrédula de que hayan podido germinar en su ser, sentimientos tan intensos por un desconocido, a quien atribuyó características que quizás podrían encontrarse en otra dimensión no terrenal. Actualmente, como adulta hablaría de detalles. Pero, cuando reviso su diario, encuentro: “!Detalles! resulta irónico hablar de detalles cuando se trató de algo que hizo estallar mi ser, ¿Cómo evaluar la intensidad de un desengaño? Lo profundo de una desesperación y la aberrante alegría en la desesperación” ¿Deberé alegrarme porque ya Allison haya desaparecido? No sé, y no dejó de interrogarme: ¿Por qué, en ocasiones, tropiezo con su fantasma?

viernes, 7 de julio de 2017

Esplendor en la hierba

Norma Romero Esplendor en la hierba “Aunque ya nada pueda devolvernos la hora del esplendor en la hierba, de la gloria de las flores, no debemos afligirnos porque la belleza subsiste en el recuerdo”. Estas hermosas palabras del gran poeta Willian Woodsworth me hicieron recordar, nuevamente, la temporada de juventud en la cual conocí a Raúl y el apasionado amor que sentí. Nunca me había permitido hablar de ese período, tan solo ahora, que me inunda la visión de que nada puede preverse, que constantemente se reforman nuestros ciclos entregándonos a un futuro imprevisto, que no debemos aferrarnos a ningún giro del pasado y que no es necesario atormentarse ni sentirse confundido por lo que se escapa aunque se trate de nuestra propia fuga. En ninguna de mis cavilaciones de esa época, hubiera imaginado que al dejar de ver a Raúl se estuviera decidiendo mi destino amoroso. ¡Raúl! Y, nuestras discusiones oscurecidas, adrede, por el uso de retorica literaria. ¡Raúl! Atado de manera irrevocable con la única persona con quien podía vivir: él mismo; su pasión por las ideas era mayor que su pasión por las personas, incluyéndome; pero, me digo corrigiendo a Proust: El amor es una suerte de magia, como la de los cuentos, contra la que nada puede hacerse hasta que cesa el encantamiento. El Amor, un sentimiento que nos atrapó, casi estrenando juventud, sobresaltados y sorprendidos en medio del delirio y agitación estudiantil. Aún existe el Buda negro entre los tomos de diferentes colores que se aprietan en mi biblioteca: Anais Nin, Cervantes, Rimbaud, Baudelaire y sus Flores del mal, Kavafis, Thomas Mann, Balzac y cientos más, que ahora, en el atardecer de mi vida, arrastrada tardíamente, por la vorágine que vive el país, voy releyendo y gustando cada página con diferente comprensión, pero el significado del Buda persiste, fue el último regalo de Raúl y lo he conservado a través de las mudanzas y de los años.

domingo, 2 de julio de 2017

Psicosis

Norma Romero Psicosis Yo escogí mi destino- resulta irónico decir que lo escogí- en el hogar de Vela oloroso a jabón azul y a comprensión; Vela me mostraba figuritas recortadas de viejas revistas y me empujaba a escoger las que más me gustaran; también me enseño a dibujar los números utilizando palitos de fósforos, a discurrir y también el 0valor de la lealtad. ¡La escuela donde cursé la primaria! ¡Qué angustia no poder encontrarla! En el sitio se levanta, actualmente, un enorme edificio marrón, unos metros más allá persiste el puente sobre el sucio rio; lloré sin lágrimas pensando en Manuel y en mi memoria tardíamente recuperada. Abrazada a mi nostalgia recorro esas calles entonces inmensas y que ahora resultan tan pequeñas y estrechas; Recuerdo mi blanco guardapolvo de colegio, la fatídica iglesia, las películas mexicanas de los sábados y mi quemante amor. El tiempo se tiñe con todos los colores del arco iris; llueve y siento la lluvia golpear el enrejado ventanal; en una noche como ésta fue que comencé a sentir los pasos de Manuel, esos pasos que recorriendo incansablemente el suelo de mi departamento comenzaron a conducirme al insomnio. Se objetivó la culpa me afirma este inexperto doctor; son palabras que nada le dicen a mí corazón, en el cual, múltiples senderos se bifurcan. Al principio sentí una estupefacta alegría, pero después lentamente, muy lentamente, fui descubriendo que no se trataba de un reencuentro sino de una refinada venganza: su caminar nocturno me atormentaba; noche tras noche sus pisadas, incesantes, lentas, monótonas, me fueron impidiendo el descanso. No logró determinar si Manuel tenía 22 o 26 años, solo sé que me enamoré locamente de sus ojos, moteados y siempre brillantes, como las lentejuelas. Aún no se le perseguía políticamente y cumplía sin dificultades sus tareas de vendedor de seguros y estudiante universitario; hicimos gran amistad y entre continuos encuentros me fue iniciando en el auténtico cine y en la buena literatura, sustituyendo paulatinamente las novelistas de Corín Tellado por El Gran Meaulnes, El Conde de Montecristo y toda una serie de espíritus sensibles. Cuando murió acribillado no lo acepté y con la urgencia con la que fui enviada a estudiar a la ciudad donde residían mis tías... ¡nunca tuve la oportunidad de abordar esa muerte! Cada vez que le habló de las pisadas al psiquiatra, éste pone cara de escepticismo; trata de no dejarlo traslucir pero yo me doy cuenta perfectamente de su expresión; le hago notar que disparé a alguien muy real y que solo por consideración el escándalo fue acallado; silencio, solo silencio del otro lado del escritorio. ¡La pequeña ciudad calcinada por el calor y el miedo! y ahora este hombre de bata blanca acostumbrado a las perversidades humanas insinúa que soy inocente...pero... ¡nadie es inocente! Eran tiempos de dictadura, solo tenía doce años y cuando el oficial me interrogó, lo dije: había visto a Manuel entrar a la iglesia... No me importa permanecer aquí, encerrada. Hablo desde la vieja casa de Vela, la casa de mi infancia que me ha acogido desde el naufragio, desde sus caminos de piedra; el vetusto hogar de cuyas paredes cuelgan desvaídos retratos; desde esta casa, con el comedor vacío, donde todo indica que me he quedado sola para siempre.

El sonido y la furia

Domingo, 2 de julio Norma Romero El sonido y la furia Anoche tuve un sueño dantesco que me dejó con mal sabor en la boca.: me encontraba en una amplia habitación desolada y contemplaba con gran furia a un anciano invalido en una cama de hospital; lo acusaba de no sé que falta, con mi espíritu nublado por el enojo y la rabia, e ignoro porque en ese momento de furia, desencadenada e intensa, y brilló nítidamente, un titulo: el sonido y la furia , y los ruidos que emitía muy enojado un idiota, un débil mental, según la descripción que de la situación hacía el autor. Al despertar, sobresaltada y sudando, me levanté a tomar un vaso de agua y estuve reflexionando un buen rato, tal vez, en alguna situación, me habría comportado como una idiota, en el sentido de no estar consciente plenamente de mis actos, y actualmente estaba arrepentida; es posible, pero… no recordaba nada especifico. Quizás, como bien dijo William Shakespeare : La vida es un cuento contado por un idiota lleno de ruido y furia , y no significa nada