viernes, 24 de mayo de 2013

UN SIMPLE JUEGO DE BARAJAS ¡HAY ALGO MAS EN EL CIELO Y EN LA TIERRA, HORACIO DE LO QUE HA SOÑADO TU FILOSOFIA! W. SHAKESPEARE Todo se inició un Agosto cuando la anciana me regaló el JUEGO DE BARAJAS como un gesto de agradecimiento por la atención y ayuda que había prestado a su hijo. En el transcurso de la entrevista creí notar algo extraño en su aspecto, sin poder definir exactamente qué elementos me producían esa vaga sensación. Ese agosto, me encontraba residiendo en una ciudad del interior, cuyo clima cultural no resultaba precisamente estimulante: carecía de museos, salas de concierto, universidad y en los escasos cines existentes no proyectaban películas de calidad. Mi trabajo, monótono, lo utilizaba como el trampolín necesario para lograr, posteriormente, mi traslado a uno de los dispensarios de la capital El sopor atrapaba la ciudad, disolvía facultades, condenaba al exilio la imaginación; junto a las sillas, que brotaban al atardecer en las aceras, se esparcían mezquinos chismes. Ese ambiente me impulsó a interesarme en el TAROT, como luego supe, se llamaba dicho juego. No constituía este - al parecer - una simple distracción, sino que se presentaba nimbado de un prestigio milenario: el poder de predecir los acontecimientos futuros. ¡TAROT!, ¡el nombre poseía resonancias egipcias! En mis ratos libres me dediqué con gran interés a descifrar el juego: comencé a estudiar sus reglas, sus figuras, y combinaciones: misteriosos Arcanos, implacables Espadas, engañosas Copas, campesinos Bastos. Practicaba continuamente, distribuyendo los naipes sobre una vieja mesita de mi habitación. Reflexionaba con vértigo sobre las increíbles e infinitas combinaciones que podían suscitarse. Una noche, ya avanzado mi aprendizaje, le sugerí a mi tía - vivía con ella - celebrar una sesión de lectura de cartas y así romper la rutina diaria de instalarnos frente al televisor; mi tía, sonriendo ante mi entusiasmo, aceptó. Barajé con destreza los naipes ansiosa de verificar mi habilidad como pitonisa, pero al descifrar el mensaje, lo imprevisto de su contenido me abrumó: violencia y sangre anunciaban las barajas; recuperándome del desconcierto, decidí despistar al azar cambiando la funesta predicción. Sin embargo por algunos días abandoné mi naciente afición, porque a pesar de la incredulidad - lógica - en cuanto a lo anunciado, quería mucho a mi tía - casi mi único pariente - y la remota posibilidad de que le ocurriese algún daño me perturbaba. ¡Quizás por superstición! ¿Hubiese podido desprenderme del hechizo? ¿Puedo desprenderme del hechizo? Conseguir una respuesta es de tan vital importancia, que al escribir este relato -mejor dicho, esta confesión - persigo un objetivo: la endeble esperanza de que sea leído por alguien que posea la clave de tan fantástica situación: mi tiempo se acorta y debo salvar a Mariana, por eso lanzo en estas páginas mi último S.O.S. A mediados de ese mes celebré mi vigésimo tercer cumpleaños y al arreglarme con cierto detenimiento - con la expectativa de celebrarlo -, observé sorprendida una fina línea que cruzaba mi frente; nunca la había advertido, a pesar de mis frecuentes escrutinios frente al espejo. "Signo de predestinación", pensé sonreída no concediendo mucha significación al hecho. Con la incandescencia de la juventud madurando mis deseos, la vejez constituía un fenómeno demasiado impreciso, un acontecimiento que el límite de mis años no lograba aprisionar. Retorné a la baraja; mis manos me asombraban por la pasmosa seguridad que demostraban al desplazar los 78 naipes; en muchas ocasiones intenté conocer mi futuro pero fue imposible, ya que las barajas, obstinadamente, se agrupaban en diseños que mutuamente se anulaban: el mensaje se borraba a sí mismo. Insistí durante mucho tiempo sin obtener resultado. Una fiesta marcó el comienzo de mi debut público: festejaban el ascenso de un compañero de trabajo y alucinada por el licor ingerido, hice públicos mis conocimientos, anunciando que desde ese instante me constituía en la Sibila oficial de la ciudad; desechando Éxtasis y Trípode mis mágicas barajas se encargarían de revelar todos los secretos. Comencé a trabajar y con creciente inquietud fui notando que todos los mensajes resultaban penosos; tomé la decisión de adulterarlos y empecé a esparcir arenas de ventura con leves toques de tormento. Lentamente fui formando diseños impresionistas aceptables para cada quien. Más tarde, al retirarme, reflexioné deprimida - siempre he sido muy sensible - sobre el destructivo contenido de las profecías. Tiempo después sorprendí una nueva línea en mi rostro - arrancaba del entrecejo y ascendía verticalmente hasta cerca del cabello - tenue, casi imperceptible; no le di importancia. Vinieron las vacaciones escolares y su reverberación estallaba en la ciudad. Por las tardes - al salir del trabajo - solía sentarme en el porche, con una limonada en la mano, observando complacida el bullicioso juego de los niños en la plazoleta cercana. Escapados de los estrechos límites del aula se ocupaban de recrear el tiempo, transformaban el atardecer con la magia de su imaginación. En algunas ocasiones me pareció ver a la anciana de las cartas detenerse en la plazoleta, desapareciendo bruscamente cada vez que me levantaba - presa de súbita urgencia - con la intención de abordarla. Posteriormente, cuando resultó de absoluta necesidad encontrarla, me informaron que había muerto repentinamente; se sospechaba suicidio; el hijo había partido sin dejar dirección y sus vecinos me aseguraron no poseer ningún dato que pudiera contribuir a localizarlo. Para Navidad numerosa era la gente que acudía a buscarme: compañeras de trabajo, vecinos, desconocidos, en fin una multitud de personas atraídas por el rumor de que mis barajas trepidaba el futuro, se develaba el destino; pero mis excitados visitantes ignoraban que la flor de oro de sus sueños poco tenía que ver con los corrosivos mensajes que brotaban del tiempo. Ese conocimiento lo fui adquiriendo a través de las múltiples sesiones, al ir develándose que de las Copas sólo podía esperarse un vino corrompido, que entre las Espadas campeaban maldiciones, que resultaba amarga la sabiduría que encerraban los Arcanos; y así paulatinamente se fue disipando mi ingenuidad, al observar que la atmósfera se poblaba de enfermedades, traiciones, rivalidades, eclosión de perversas desviaciones y sobre toda esperanza se encarnaba el dolor, ¡el dolor que en cortantes y sucesivas oleadas emergía triunfante! También descubrí algo pasmoso: los mensajes resultaban ciertos y a pesar de que con mis palabras pretendía neutralizar los terribles vaticinios - entablando duelo con el azar - éstos terminaban cumpliéndose y así en los periódicos, en el dispensario, en las conversaciones cotidianas quemaba el ácido de los pronósticos cumplidos. ¡Asombrosa situación! que sin embargo fue prendiendo en mí un intenso deseo: internarme en las increíbles dimensiones que las barajas abrían. Las muchas horas que dedicaba a las sesiones, mi trabajo en el dispensario, las lecturas esotéricas absorbieron toda mi atención hasta que un febrero descubrí - estupefacta - mi rostro envejecido. Febrero enervando mi conciencia me revelaba el hecho insólito. Perturbada acudí a mi tía, quien confirmando la existencia de líneas en mi piel - poco numerosas en su opinión - me recomendó disminuir las frecuentes caminatas bajo la fuerte luz del verano: "mucha exposición al sol perjudica", sentenció. Recelosa, comencé a escudriñar diariamente mi rostro y esa tensa vigilancia ratificó mis sospechas: el tiempo se vertía presuroso, envejeciéndome prematuramente; la percepción afectuosa y limitada de mi tía no podía advertirlo pero yo que - al contrario de Borges - siempre había buscado mi imagen en los espejos percibía con exactitud la metamorfosis. La rutina de las barajas y mi persistente reflexión me hicieron evidente la increíble relación: la aparición del inquietante síntoma coincidía con el asunto de los naipes portentosos: a cada línea correspondía una sesión efectuada. Alucinada debí, sin embargo, morder a solas mi descubrimiento - era claro que resultaría imposible ser creída; no se ensancha sin esfuerzos los límites de la percepción y el pensamiento - tomando finalmente la resolución de destruir - sin demora - el origen de la devastante e insólita situación. En primer lugar decidí quemar las barajas, luego - no tengo explicación - adopté la decisión de lanzarlas a las aguas del río que atravesaba la ciudad; quizás debido a que esas aguas arrastraban desperdicios y en mi resentimiento contra los malditos naipes quería tratarlos como desechos que las sucias aguas se encargarían de destruir. Al día siguiente, sábado, encaminé mis pasos hacia el río deteniendo mi marcha sólo cuando llegue al ancho puente, desde el cual podía observarse la tumultuosa corriente; me acerqué al borde, pero al pretender arrojar el montón de cartas, sentí que éstas en forma inexplicable se me adherían a la piel comunicándome una atroz sensación: literalmente sentí que me asfixiaba; la cartera resbaló al suelo y entre contracciones caí sobre el áspero cemento. Más tarde, al recuperarme milagrosamente, huí alucinada del lugar. No recuerdo haber recogido la cartera, pero al llegar a casa y encontrarme en mi habitación, descubrí que mis manos sudorosas la aferraban y que además en su interior, imperturbables, reposaban las barajas. De la fuga sólo recuerdo que al pasar frente a la librería donde acostumbraba comprar cuentos para Mariana el dueño, que estaba en ese momento asomado a la vidriera, me miró con muda expresión de asombro. Ahora debo develar la existencia de un tiempo interminable preñado de intentos de deshacerme de las perversas cartas, en todos los cuales fracasé al repetirse inexorablemente el mismo fenómeno: la espantosa asfixia, las contracciones, la pérdida de la conciencia. No tardó en presentarse el insomnio; en las noches sólo la música lograba arrancarme de las ideas obsesivas que me torturaban: me sumergía en Beethoven, Tchaikovski, Mozart, Brahms y de nuevo, insistentemente, Beethoven. Leía la "Divina Comedia" recorriendo con creciente horror los círculos infernales y casi en estupor repetía las cuatro primeras estrofas del Canto Primero. Aún más, fui obligada a portar constantemente las barajas, las cuales con aparente inocencia dormían en su bolsa azul para repentinamente entrar en acción, obligándome a descifrar mensajes en las situaciones menos adecuadas, por ejemplo: en la taquilla de un cine, en el baño de algún establecimiento público, conversando con un supervisor, en los momentos en que mi jefe me reclamaba la entrega de un informe atrasado. Finalmente debí abandonar el trabajo, ya que resultaba imposible cumplir con las tareas que normalmente había desempeñado con eficiencia. ¡Un nuevo oficio me absorbía! Mi tía seriamente preocupada me aturdía con sus inútiles consejos; atrapada, acosada, vagaba por todos los rincones de la casa. Ignoro por qué el sonido de las campanas de la iglesia cercana intensificaba mi desolación. ¡Inevitable! Caí enferma, mi postración me impedía realizar cualquier acción; dejé incluso de hablar, permaneciendo desplomada sobre la gran butaca roja de mi habitación en absoluta mudez. Nada lograba arrancarme de mi autismo, ni siquiera las infantiles conversaciones de Mariana, a quien llevaban a visitarme con la esperanza de que mi afecto por ella lograse el milagro de mi curación. Tampoco la ineludible procesión de médicos pudo lograr nada. Transcurrió casi un año, a través del cual, lentamente, me fui recuperando - las cartas me concedieron tregua - . Luego al morir mi tía - tal como había sido vaticinado - legándome una pequeña renta que me permitiría vivir modestamente sin necesidad de trabajar, decidí trasladarme a Caracas: no soportaba las calles familiares, la casa vacía, ni la gente; quedaba Mariana pero siempre sería posible continuar en contacto con ella mientras buscaba salida a mi situación. Me despedí tibiamente de mi hermano -nunca había existido mucha comunicación entre nosotros-y abandoné, al fin, la ciudad que de una manera tan extraña me había marcado para siempre. Después de haber llegado a Caracas, volvieron los naipes a recordarme mi nuevo oficio - la tregua había terminado -. En los intervalos me dediqué a leer libros de ocultismo que trataban casos que de algún modo se relacionaban con mi particular situación; dificultándose generalmente la comprensión de los textos, por la lucha que debía sostener contra la persistente atmósfera de burla e ironía que comenzaba a flotar a mi alrededor apenas comenzaba la lectura. La constante inquietud me llevó a asistir a una conferencia titulada: angustia y fenómenos parapsicológicos, dictada por un reputado psiquiatra. Me interesaron los análisis de casos y los planteamientos hechos por el conferencista, quien parecía tener sólidos conocimientos acerca de la materia que manejaba. Sintiendo que estaba cerca de una posible solución decidí ir a consultarle; después de algunas sesiones en las cuales me perdí en cobardes vacilaciones, resolví plantearle directamente al especialista cuál era realmente mi motivo de consulta. Le mostré fotos que me habían sido tomadas hace dos años y le insté a examinar detenidamente mi piel para que palpase la evidencia de lo que le afirmaba. Simuló creerme para en posteriores sesiones hablar acerca de Tendencias obsesivas y Degeneración celular; tensa e irónica le contesté que podía utilizar ambos conceptos para titular su próxima conferencia. Una vacilante esperanza me empujaba a seguir en consulta, a pesar de los lugares comunes del psiquiatra me irritaban verdaderamente, pero cuando en una de las sesiones me instó a que le entregara las barajas, me invadió un total desaliento; además creí percibir en su mirada la intención de arrebatarme el bolso por la fuerza, para desprenderme de los naipes, en acto - según él - definitivo y convincente que me devolvería la cordura; me vi condenada a una muerte atroz -la espantosa asfixia- por la estúpida acción del médico y sin detenerme un minuto a pensar, huí velozmente - antes de que pudiera detenerme - del consultorio para no volver jamás. Más tarde me introduje en el mundo de los brujos y hechiceros, me sometí a ensalmos y exorcismos; fui en peregrinación a buscar el auxilio de MARIA LIONZA, poderosa diosa de la Montaña de Sorte; todo resultó inútil y proseguía incesante el proceso de envejecimiento. Decidí reducir mis salidas, realizando sólo aquellas necesarias para efectuar los contactos y compras imprescindibles, con el objeto de disminuir el riesgo de utilizar las barajas: trataba desesperadamente de limitar el avance del deterioro. Condené al destierro los espejos de mi apartamento, ya que resultaba torturante confrontar mi imagen. Ciertos días era imposible contener la COMPULSION que me dejaba ansiosa ante el boulevard de Sabana Grande. Descendía del autobús y me instalaba en una mesita de cualquiera de los cafés al aire libre que se encontraban en la zona. La ciudad agitaba hiriente sus luces de neón y sus normas aún provincianas. Solicitaba un trago al mesonero y extendía mis naipes. No tardaba alguien en detenerse y hacer la inevitable pregunta. Horas después emprendía el regreso, asqueada de las amargas - y consabidas - visiones, palpando en mi piel nuevos estigmas. Pasaron en incesante ciclo las fiestas tradicionales: Navidad, Carnaval, Semana Santa, etc.; los medios de comunicación lanzaban al aire estallidos de distantes guerras y cataclismos, la televisión cambiaba a ritmo apresurado el nombre y la imagen de los políticos de turno, los cigarrillos, licores y jabones anunciados. Los periódicos traían nuevos - e idénticos - crucigramas; el mundo era lavado por las lluvias y calcinado por la soledad, hasta completarse en el calendario exactamente doce años. En el intermedio envejecí atrozmente, comenzando a usar pulcros guantes y amplios sombreros que difuminaban mi rostro; paulatinamente se fue extinguiendo el recuerdo de los -pocos- amigos; mi vida transcurría en una extraña dimensión que ellos no podían percibir, ni rozar y, aún jóvenes, vibraban con las ideas, pasiones y ritos de su limitado mundo. También en su memoria se cumplió el olvido de mi distante y anacrónica existencia. Ya podía contemplar sin conmoverme el gran retrato en blanco y negro de mis veinte años; un día lo extraje del fondo de uno de los armarios y lo instalé definitivamente en la pared de mi dormitorio. Continuaba en contacto con Mariana y periódicamente le enviaba dinero para sus estudios, sus contadas visitas hacían afluir prehistóricas ternuras. Tras la desesperanza se había instalado la renuncia y luego naufragando entre los años acogí la serenidad, una precaria serenidad. Evitaba especular sobre el futuro. Cada vez con menor frecuencia ocurría la Compulsión de salir a mezclarme en vidas ajenas y hasta comenzaba a olvidar - entre intervalos - que sobre mí pesaba un tortuoso sortilegio, cuando una repentina conmoción prendió las luces de la conciencia, precipitándome abruptamente en la mayor desolación. Fue una revelación inaudita que me obliga a renovar los intentos de obtener una explicación y quizás... una solución. Ocurrió una tarde cuando al desparramar, al acaso, las cartas, sorprendí un mensaje que - por vez primera - me estaba destinado, un aviso de refinada crueldad: Mariana había sido escogida para sucederme, ella proseguiría mi alucinante oficio. Un grito ardió mi ser y la honda quemadura destruyó el último vestigio de aparente consuelo: ¡Mariana!, y su última visita convertida en una adorable adolescente de rizada cabellera. ¡Mariana! En cuyo ser re-encontraba mis perdidos rasgos. Pensé en huir muy lejos, internarme en algún remoto desierto y afrontar ¡al fin! La última muerte. Destruirme y destruir conmigo las infernales barajas, pero al ir desvariando sobre posibles soluciones, cayó al azar mi mirada sobre el ARCANO PRIMERO y al contemplar la simbólica figura agitando su varilla, fue penetrando en mi conciencia el mensaje de que las cartas daban fin a su terrible dominio sobre mí, para colocarse al acecho de una nueva víctima. Comprendí claramente mi impotencia al percibir con alucinante claridad que el maligno influjo se aprestaba a la caza de mi sobrina Mariana agazapado en TODOS LOS JUEGOS DE NAIPES EXISTENTES. JULIO DE 1984

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