domingo, 13 de agosto de 2017

La muñeca rubia

Norma Romero. La muñeca rubia Mi madre murió tranquila, pero con el rostro marcado por un insatisfecho deseo. Mi madre era negra y en sus rasgos se presentía el antiguo tam- tam de los esclavos; siempre soñó con una hija rubia de azules ojos, sueño que a pesar de la cadena de hijos nunca se cumplió, pero persistió la infundada esperanza y comenzó a tejer innumerables muñecas rubias de grandes ojos claros de cristal; cuando tejía sus ojos adquirían el color de las nubes, el color de la niebla, el color de la nostalgia, tanto, que a mi me producían una dulce ternura y un amargo llanto. Las rubias muñecas se amontonaban en las habitaciones en total desorden y, yo, que jamás aprendí a tejer, fabricaba inútiles barquitos de madera, para, siguiendo la ruta de mi propio anhelo, llevarlos alguna vez al lejano mar. En la casa, de largos pasadizos , era común el estruendo de risas y peleas infantiles , la presencia de mi madre con su alta figura y su andar de apagadas pisadas imponía silencio, todos nosotros deseando escapar de esa mirada de angustiante lejanía. Acostumbraba usar un perfume bastante intenso, igual al de una popular estrella de cine, y una gran y escandalosa pañoleta rojo escarlata , de manera que de lejos podíamos distinguirla cuando se iba aproximando a la casa, y nos daba tiempo para ir, corriendo, a cumplir nuestras pequeñas y descuidadas obligaciones. Poco antes de su muerte nos convocó, ceremoniosamente, y procedió a explicarnos , con fatigada voz, que iba a emprender un viaje muy largo que debíamos permanecer unidos y que estaríamos bien , entregándonos al concluir un preciado bien: su gran pañoleta rojo escarlata Ese día, dentro de su féretro le coloque una pequeña muñeca rubia ,tejida, torpemente, por mí.

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