Norma Romero
1984 – George Orwell
Un crimen de odio
Hace muchos años, cundo aún no estaba de moda en el país los llamados “Crímenes de odio”, ocurrió que asistí, en la Universidad, a la clase de un profesor de literatura (que ingenuamente, admiraba).
Este nuevo Virgilio, nada más sentarme en el pupitre, derramó sobre mi el “gran raudal de su oratoria” , con acusaciones y epítetos falsos e infames, el más suave fue llamarme retardada mental.
Aparentemente, como un segundo Diablo Cojuelo, había levantado los techos de las casas descubriendo inocentes secretos de sus habitantes y convirtiéndolos en pecados perversos de los cuales me acusó, públicamente, aupado por sus cómplices.
Yo era ( y soy) una ferviente idealista, defensora de la libertad de conciencia e ideas y quizás, por lo mismo, no estaba afiliada ( ni estoy) a ningún partido político. En esos momentos estaba preparando una tesis que versaba sobre el Amor de acuerdo a Sócrates según la mirada de Platón.
Dicho profesor, al parecer, le profesaba admiración a Robespierre, y nada más informarse sobre el trabajo que estaba realizando y que pensaba asistir a su clase, ( En el ambiente universitario no es difícil informarse sobre intereses académicos) preparó su trampa. No me introdujo ratas en la boca, según algún clásico manual del torturador, porque estaba impedido de hacerlo. Y así transcurrieron 45 minutos, yo esperando que comenzara la clase, y él, quizás, esperando ( en medio de su diatriba) que yo diera voces, clamara al cielo por tanta infamia, sollozara en forma incontenible, desgarrara mis vestiduras, me cortara las venas, etc.
Pero yo creo, que, piadosos, los dioses descendieron sobre mi, pues no atiné a decir nada y frente a las acusaciones inconcebibles del tribunal de Robespierre me invadió un incontenible aburrimiento y sólo deseaba que empezara la clase y concluir mi tesis sobre El Amor.
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