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Norma Romero
Mi Padre: El Otro
“ Y el padre le pidió perdón al hijo y el hijo le dio
el perdón”.
Esa frase, que pertenece a un poema que recitaba, con
mucho énfasis, mi primo me estuvo haciendo reflexionar sobre las relaciones con
mi padre, que no hay dudas de que fueron bastante difíciles.
A pesar de los años que tengo de recorrido psicoanalítico, debo confesar que es
ahora que me sorprendo tratando de lograr una visión objetiva- dentro de lo
posible – de ese ser que marcó con profundidad mi vida.
Al principio y durante mucho tiempo lo consideré un súper
hombre: ningún guerrero podría igualarlo en valentía, ningún orador lo ganaría
en elocuencia; yo me encontraba bajo su Poder: cortar amarras con esa fuerte
personalidad no fue tarea fácil y hube
de derramar abundantes lagrimas.
Con costumbres de principios del siglo XX, exigía
ritos de adoración y respeto, por ejemplo: el besamanos, que yo cumplía con
resquemor e interno descontento; también que le ahuyentara alguna oscura nube
de preocupación manteniendo una conversación divertida, graciosa y chispeante,
lo que me enojaba pues soy introvertida y de poco conversar.
Nuestra casa era espaciosa y en las charlas de
sobremesa, que él presidía con solemnidad, se podía escuchar su profunda voz
hasta en los confines del último patio, su voz llenaba el espacio cual la voz
de Dios.
La Biblia era su libro de cabecera y consideraba
a Jesús como un gran político, pero no
estaba de acuerdo, de manera alguna, en poner la otra mejilla, a pesar de
respetar su profunda fe y entereza. Juzgaba que en el trato con las demás personas
la honestidad debía prevalecer y afirmaba: ” La honestidad es siempre el mejor
negocio”. Era generoso pero también proclamaba las virtudes del ahorro.
Sus amigos y familiares lo llamaban, por apodo, “ Viejo
tigre” con voces que denotaban simpatía por su claridad y agudeza en ver los
puntos oscuros de cualquier situación, y en un viaje que hice, años después, a
la Gran Sabana logré conseguir una pequeña talla de un tigre, de ojos fosforescentes,
que me lo recordaba.
Hubo una luz en la oscuridad la vez que me dijo, en
confidencia, que yo era su hija favorita porque había heredado su afición por
la lectura. Ese día me dio la llave de su pequeña biblioteca, que me parecía
que contenía todos los libros del mundo; allí, sentada en el suelo, pude leer
obras de Alejandro Dumas y una de Thomas Mann, que nunca he olvidado. También cuando
me llevó a Sears y me compró dos preciosos pantalones pescadores- que estaban
de moda- y dos coquetas blusas, porque escuchó decir que las quería.
Conservador, pensaba que el matrimonio era el estado
ideal del hombre por el compromiso espiritual y carnal que implicaba y con eso
zanjaba cualquier discusión sobre temas que juzgaba espinosos; afirmaba: “ El hombre solo, no vale nada” y
miraba con entendimiento a sus hijos varones y con preocupación a mis hermanas
y a mi.
El tiempo, ese tiempo que pátina todas las cosas, me
ha permitido valorar todo el valor y la honestidad de ese hombre que condujo
sin vacilar a su familia a través de cambios políticos tumultuosos, traumas familiares y heridas personales sin
ceder un ápice en sus principios, que nos dejó como herencia.
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