Norma Romero
Veinte Años Después
No, no se trata de la novela de Alejandro Dumas (padre) sino del sorpresivo encuentro de una víctima con su torturador veinte años después, y de las emociones que la asaltaron ante la visión del ser de quien fue inocente víctima.
Lo tropezó en un pasillo cualquiera de la Universidad, ya despojado de su brillante plumaje y medio derrumbado sobre uno de los asientos de la hilera y casi sintió lastima por ese anciano derrotado por los años que manchaba con su cabeza una corona de laurel .
Lo miró directo a los ojos, ella siempre mira a los ojos.
La vejez es siempre respetable como cualquiera de las estaciones que componen la vida, pero sólo si se trata de una ancianidad no acompañada de una existencia marcada por una rutina de horror, de indignidad y vileza
Como el episodio protagonizado por ese monstruo , hace veinte años, en un aula de clase, donde la atrapó, torturándola durante 45 minutos, difamándola públicamente con falsos testimonios y grabaciones alteradas obtenidas a través de ilegal espionaje. Siempre protegido por su militancia que la había señalado como objetivo militar.
Quería despojarla de su dignidad, llevarla al colmo de la desesperación , una desesperación que la indujera a la muerte, al suicidio. Un crimen perfecto que no levantaría sospechas.
Ella lo miró directo a los ojos, no dijo nada
Los psicólogos afirman que los torturadores se hunden en una rutina de horror en las que hieren o mutilan a otro ser humano ajenos a los gritos y sufrimientos de sus víctimas.
Veinte años después, ella, la víctima, exhibiendo ya un cabello encanecido, volvió a encontrarlo, de repente, en ese pasillo universitario y como antaño lo miró directo a los ojos con una mirada luminosa que gritaba: ¡Estoy aquí!, ¡Sigo en pie! ¡Como sigue en pie el país a pesar de todos los torturadores que lo acosan¡
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