Norma Romero
Confesiones de un psicótico
La verdad es que nunca estuve seguro de mi sexo, a pesar de los exámenes médicos a los que me sometí debido a mi obsesión por tener alguna certeza sobre mi organismo. Cuerpo y no organismo diría Lacan.
También debo decir que siempre me han considerado un tipo raro: ni hetero, ni homo, ni trans, ni un legendario hermafrodita, ni ningún otro adjetivo propio de esta época de fácil modificación del organismo: hormonas, cirugías, trasplantes y más yerbas, además de terapias tipo budismo zen; aquellas en que un maestro iluminado te da un mazazo en la cabeza y obtienes la iluminación y certeza que persigues.
¡Un tipo raro!, El epíteto me lo han arrostrado a la cara, empezando por mi propia familia, lo que ha generado mi búsqueda de explicaciones, fallidas, al tratar de explicarme el porqué.
Quizás, por no ser chatearmente sociable y negarme a conversaciones banales sobre los desvaríos y charadas de los políticos al cuarto; o a aquellas, propias del mero macho, es decir a no largarme a hablar sobre las mujeres y la manera más rápida de acceder a su sexo y al esperado goce y lujuria, sin olvidar la mágica pastillita que soluciona cualquier temido fracaso. O extasiarme con los videos donde, al compas de la música, atractivas y sensuales féminas mueven de manera vertiginosa sus rotundos, gigantescos y magníficos traseros. No voy a negar, que, a pesar de mi neutra y sesuda observación algo se me comienza a erizar, ahí, abajo.
¡Raro! porque a los dos tragos me enredo en una charla sobre la Gran Iluminación que prescinde de los cuerpos y otras ocurrencias que se van hilvanando en mi frenético delirio.
Una vez hasta me enamoré de mi imagen en el espejo y por ello siempre porto un espejito en el bolsillo.
Agosto, 2021
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