viernes, 1 de septiembre de 2017
El Conde de Montecristo
Norma Romero
El Conde de Montecristo
En estos días he estado releyendo El conde de Montecristo, obra, de más esta decirlo, del gran novelista francés Alejandro Dumas.
Es una lectura fascinante, de rica y vibrante prosa donde se narran las aventuras y desventuras de Edmundo Dantes, que pasa a llamarse más tarde El conde de Montecristo.
La trama es sencilla y el ambiente en que se desarrolla es la Francia del siglo XIX, que ya ha pasado por la Revolución Francesa y la gestión de Napoleón Bonaparte.
Edmundo, es un joven e inocente marino que es traicionado vilmente por sus supuestos amigos por motivos inconfesables, entre otros: codicia, envidia y celos. Le tienden una trampa y a consecuencia de ello es enviado a una horrenda prisión situada en un castillo de una isla solitaria, donde pasa catorce años de incontables sufrimientos, uno de ellos es no saber de que se le acusa. ( algo Kafkiano), luego se sabe que fue acusado de conspirador bonapartista y de otros crímenes políticos.
A punto de desfallecer de desesperación, logra de forma milagrosa salir de la isla-prisión y dar con un inmenso tesoro en un islote llamado Montecristo, Información que le fue suministrada por su único compañero de infortunio, un sabio y viejo abate que conocía la existencia de ese tesoro y al morir se lo comunica después de haberlo, durante esos años, instruido y deducido -sin mucho esfuerzo- que podría haber sucedido para que resultara acusado.
Edmundo Dantes toma el nombre del islote y vuelve veinte años después convertido en El conde de Montecristo, ya es todo un refinado caballero de gran sabiduría y experiencia que le costado sangre, sudor y lagrimas.
Busca vengarse de sus falsos amigos, quienes no lo reconocen, por su gran cambio; pero no pretende dañarlos de una manera soez y vulgar, solo busca justicia.
Al final lo consigue, pero su alma no queda satisfecha y considera que la justicia humana resulta muy insuficiente, y en ocasiones no se logra, por ello se consuela meditando en que existe la justicia divina, a la que quizás rendirán cuenta seres tan perversos como los que le tendieron tan infame trampa.
Ya lo dijo el profeta:” La culpa de los padres caerá sobre los hijos hasta la quinta generación.”
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