domingo, 1 de octubre de 2017

Un caminar en penunbras

Norma Romero Un caminar en penumbras Ana, en la penumbra de la sala, caminaba con dificultad temiendo tropezar a cada paso, sentía que desde el fondo de esa oscuridad, unos ojos vigilantes, la observaban; unos ojos infantiles muy parecidos a los suyos, que en ocasiones, se tornaban acusadores, la acusaban de traición, de indiferencia, de no sé que… Casi sentía la oscuridad resbalando suavemente sobre su piel y bajo el peso de esa mirada y su temor de caer, trataba de reflexionar sobre en que consistiría la acusación de esa niña ¡Tantos años después! Y de pronto le asalto un pensamiento, quizás la acusaba de la no aceptación de su feminidad, de no haber podido florecer… en fin… quizás sería eso y se prometió repensarlo. Podría ser, que cuando se sentía triste se asemejaba a Susana San Juan, la mujer de Pedro Paramo; la familia se aterrorizaba de verla permanecer en ese estado y la forzaban a realizar infinidad de cosas para alejar la pesadumbre; quizás la niña la acusaba de enmudecer su alegría. Una vez le dijeron que había estado grave, muy grave, pero ella nunca lo vivió así; se había sentido casi igual que estando despierta: el mismo ventanal con cortinas escarlatas, los mismos rostros, la misma rutina, el mismo malestar, la misma arena marcando el tiempo, y su alma volando lejos, muy lejos hacía cielos que presentía tornasoles y grandes lunas negras. Un espejo oscuro le devolvía su silueta en la cual se iba produciendo una lenta metamorfosis que la confundía: estaba envejeciendo y los ríos de leche y miel prometidos no le habían llegado.

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