viernes, 7 de julio de 2017

Esplendor en la hierba

Norma Romero Esplendor en la hierba “Aunque ya nada pueda devolvernos la hora del esplendor en la hierba, de la gloria de las flores, no debemos afligirnos porque la belleza subsiste en el recuerdo”. Estas hermosas palabras del gran poeta Willian Woodsworth me hicieron recordar, nuevamente, la temporada de juventud en la cual conocí a Raúl y el apasionado amor que sentí. Nunca me había permitido hablar de ese período, tan solo ahora, que me inunda la visión de que nada puede preverse, que constantemente se reforman nuestros ciclos entregándonos a un futuro imprevisto, que no debemos aferrarnos a ningún giro del pasado y que no es necesario atormentarse ni sentirse confundido por lo que se escapa aunque se trate de nuestra propia fuga. En ninguna de mis cavilaciones de esa época, hubiera imaginado que al dejar de ver a Raúl se estuviera decidiendo mi destino amoroso. ¡Raúl! Y, nuestras discusiones oscurecidas, adrede, por el uso de retorica literaria. ¡Raúl! Atado de manera irrevocable con la única persona con quien podía vivir: él mismo; su pasión por las ideas era mayor que su pasión por las personas, incluyéndome; pero, me digo corrigiendo a Proust: El amor es una suerte de magia, como la de los cuentos, contra la que nada puede hacerse hasta que cesa el encantamiento. El Amor, un sentimiento que nos atrapó, casi estrenando juventud, sobresaltados y sorprendidos en medio del delirio y agitación estudiantil. Aún existe el Buda negro entre los tomos de diferentes colores que se aprietan en mi biblioteca: Anais Nin, Cervantes, Rimbaud, Baudelaire y sus Flores del mal, Kavafis, Thomas Mann, Balzac y cientos más, que ahora, en el atardecer de mi vida, arrastrada tardíamente, por la vorágine que vive el país, voy releyendo y gustando cada página con diferente comprensión, pero el significado del Buda persiste, fue el último regalo de Raúl y lo he conservado a través de las mudanzas y de los años.

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