domingo, 9 de julio de 2017
Regreso a Payton Place
Norma Romero
Regreso a Payton Place
Dejé a Allison escribiendo sus primeros artículos para el periódico local y hoy, la vuelvo a ver caminando por esas calles, camino al periódico, con la brisa acariciando su rostro y con su mente fantasiosa repitiendo, con deleite, su propio nombre: Allison, Allison.
Me brotan lagrimas, casi de compasión y recorro las páginas de Las Ilusiones perdidas de Balzac; recordar a Allison es como extraerme una bala plateada del centro del pecho, del corazón que es la eterna diana.
Ya han pasado muchos años, pero aún conservo la memoria de esa casa, con su baja platabanda, de las siete cuadras que andaba ella, incluyendo la plaza, semidesierta a esas tempranas horas y del sol que le requemaba la piel, camino del trabajo. Recordaba esa pequeña ciudad con colores como de tecnicolor, y ahora sé que siempre estuvo cruzada por venenosos chismes y mezquinas sospechas.
Hoy, contemplo sus edificaciones, resplandecientes de violencias de todo tipo, es lo que se ocultaba bajo aquella capa, de tranquila aceptación y tolerancia, que encubría ¡tantas! Turbulencias humanas que en aquella época Allison no podía percibir.
Pienso que si actualmente ella leyera su propio diario, cuando se vivenciaba protagonista de Servidumbre humana, se sentiría totalmente incrédula de que hayan podido germinar en su ser, sentimientos tan intensos por un desconocido, a quien atribuyó características que quizás podrían encontrarse en otra dimensión no terrenal. Actualmente, como adulta hablaría de detalles.
Pero, cuando reviso su diario, encuentro:
“!Detalles! resulta irónico hablar de detalles cuando se trató de algo que hizo estallar mi ser, ¿Cómo evaluar la intensidad de un desengaño? Lo profundo de una desesperación y la aberrante alegría en la desesperación”
¿Deberé alegrarme porque ya Allison haya desaparecido?
No sé, y no dejó de interrogarme: ¿Por qué, en ocasiones, tropiezo con su fantasma?
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