domingo, 2 de julio de 2017

Psicosis

Norma Romero Psicosis Yo escogí mi destino- resulta irónico decir que lo escogí- en el hogar de Vela oloroso a jabón azul y a comprensión; Vela me mostraba figuritas recortadas de viejas revistas y me empujaba a escoger las que más me gustaran; también me enseño a dibujar los números utilizando palitos de fósforos, a discurrir y también el 0valor de la lealtad. ¡La escuela donde cursé la primaria! ¡Qué angustia no poder encontrarla! En el sitio se levanta, actualmente, un enorme edificio marrón, unos metros más allá persiste el puente sobre el sucio rio; lloré sin lágrimas pensando en Manuel y en mi memoria tardíamente recuperada. Abrazada a mi nostalgia recorro esas calles entonces inmensas y que ahora resultan tan pequeñas y estrechas; Recuerdo mi blanco guardapolvo de colegio, la fatídica iglesia, las películas mexicanas de los sábados y mi quemante amor. El tiempo se tiñe con todos los colores del arco iris; llueve y siento la lluvia golpear el enrejado ventanal; en una noche como ésta fue que comencé a sentir los pasos de Manuel, esos pasos que recorriendo incansablemente el suelo de mi departamento comenzaron a conducirme al insomnio. Se objetivó la culpa me afirma este inexperto doctor; son palabras que nada le dicen a mí corazón, en el cual, múltiples senderos se bifurcan. Al principio sentí una estupefacta alegría, pero después lentamente, muy lentamente, fui descubriendo que no se trataba de un reencuentro sino de una refinada venganza: su caminar nocturno me atormentaba; noche tras noche sus pisadas, incesantes, lentas, monótonas, me fueron impidiendo el descanso. No logró determinar si Manuel tenía 22 o 26 años, solo sé que me enamoré locamente de sus ojos, moteados y siempre brillantes, como las lentejuelas. Aún no se le perseguía políticamente y cumplía sin dificultades sus tareas de vendedor de seguros y estudiante universitario; hicimos gran amistad y entre continuos encuentros me fue iniciando en el auténtico cine y en la buena literatura, sustituyendo paulatinamente las novelistas de Corín Tellado por El Gran Meaulnes, El Conde de Montecristo y toda una serie de espíritus sensibles. Cuando murió acribillado no lo acepté y con la urgencia con la que fui enviada a estudiar a la ciudad donde residían mis tías... ¡nunca tuve la oportunidad de abordar esa muerte! Cada vez que le habló de las pisadas al psiquiatra, éste pone cara de escepticismo; trata de no dejarlo traslucir pero yo me doy cuenta perfectamente de su expresión; le hago notar que disparé a alguien muy real y que solo por consideración el escándalo fue acallado; silencio, solo silencio del otro lado del escritorio. ¡La pequeña ciudad calcinada por el calor y el miedo! y ahora este hombre de bata blanca acostumbrado a las perversidades humanas insinúa que soy inocente...pero... ¡nadie es inocente! Eran tiempos de dictadura, solo tenía doce años y cuando el oficial me interrogó, lo dije: había visto a Manuel entrar a la iglesia... No me importa permanecer aquí, encerrada. Hablo desde la vieja casa de Vela, la casa de mi infancia que me ha acogido desde el naufragio, desde sus caminos de piedra; el vetusto hogar de cuyas paredes cuelgan desvaídos retratos; desde esta casa, con el comedor vacío, donde todo indica que me he quedado sola para siempre.

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