domingo, 9 de julio de 2017

Cronicas de la escuela

Norma Romero 1.UnaComposición. “Recojo mis instrumentos de trabajo: el gusto, la vista, el oído, el olfato y el tacto" y paso a revivir en mi memoria el recuerdo de esos años, ¿qué pasó allí, en ese corte? ¿Cuándo pasé de estudiante feliz a escolar atormentada y mediocre?. Ya el recuerdo vino corporizado a mí: he vivenciado el dolor de mi separación de Madre Dolores y más allá de ella, pero también (ella) de mi colegio; es cierto, he olvidado los detalles, sólo resucito los sucios baños del nuevo colegio, los uniformes nada homogéneos, la indiferencia de las maestras, mi desorientación y mi soledad en los recreos. Si recuerdo la indiferencia de las maestras es porque un detalle, importante, sobrevive aún; un detalle decisivo: un día ,desesperada, estudie mi lección; era una composición sobre el petróleo y me llevó a realizar ese esfuerzo el haber obtenido, por vez primera en mi vida de escolar, treinta puntos en la boleta , un deficiente (las notas eran sobre 100); un 30 que marcó mi caída de alumna sobresaliente a escolar mediocre. y esa vez que estudié mi lección ¡milagro! mi maestra me estimuló diciendo: “ Muy bien, Carter (nos llamaban por el apellido) sigue estudiando y podrás aprobar el año”. No se trataba de salir sobresaliente solo, de “aprobar.” Ese colegio desordenado, sucio, era el premio por mi diligencia en llevar a casa el recibo con el aumento de la matricula. Algo había escuchado en casa: “esas monjas son unas explotadoras, si elevan la matricula saco a las muchachas del colegio”. Entre el colegio y mi familia opte por mi familia y traicioné a Madre Dolores: me alarmé también por el costo de la matricula e hice causa común con mis padres; ¡Que escándalo, habían aumentado la matricula! Madre Dolores y mis preguntas: ¿verdad, Madre, que existe el Niño Jesús? Madre Dolores enseñándome a rellenar con lápices de colores las diversas figuras… Madre Dolores defendiéndome de los empujones de las compañeritas mayores. Madre Dolores , prendiéndome en el uniforme el botón de alumna sobresaliente. Esos primeros años en el colegio de La Consolación fueron felices, mis años más felices de colegio, no sospechaba que la consecuencia del aumento de matricula iba a ser que me inscribieran en otro tipo de escuela , una escuela en la cual iba a sufrir mucho. El shock de asistir a una clase de escuela que mi orgullo de alumna de La Consolación me había hecho siempre despreciar: marchando en nuestras azules filas, en procesión hacía la iglesia, siempre era posible tropezar con alumnas de colegios públicos e instintivamente despreciaba sus uniformes indecorosos, sin línea roja bordeando los blancos cuellos ( como nosotras) sus burdas medias ( o ausencia de ellas) a gran distancia de nuestras largas medias marrones alzadas hasta la rodilla; cuando las arrollaba hacía abajo, en días de clase, siempre alguna hermana nos daba la imperativa orden de volver a estirarlas. Ya nunca tendría la oportunidad de usar el uniforme de gala; había abrigado la esperanza de que en algún momento me lo pudieran comprar y entonces poder contarme entre las filas de vanguardia en las cuales iban sólo las alumnas vestidas con el azul de gala y no marchar en la última fila con el uniforme de diario. Colegio de Barcelona, colegio de mi infancia, en una ciudad donde el sol quemaba y el mar a lo lejos nos hacía sentir su presencia. No asistir a la iglesia los domingos con el grupo del colegio, convertirme en una anónima alumna de colegio público en el cual no se acostumbraba ese tipo de solemnes actividades. ¡Qué humillación tan dolorosa! La armonía del cosmos quedaba destrozada, no existía orden ni justicia. ¡Que intenso espanto por haber salido reprobada “quebrada” en ese trimestre o mes ( no recuerdo cual era el cronograma de actividades que se aplicaba entonces). Fuerzo a mi memoria a recordar como escondí la boleta debajo del colchón de mi cama y como viví días de intenso terror por temor a la pérdida del año de estudio. En casa una situación como esa era inconcebible, era causa de rechazo y de drástico castigo: no volver más al colegio y quedarme trabajando en casa ayudando a mamá en las faenas diarias. Ya un hermano había pasado por una situación similar y aún subsistía la leyenda de ese hecho abominable y del ejemplar castigo impuesto. Ser la quinta de siete hermanos no es fácil , con demasiada frecuencia se ve una condenada a ser invisible; si fracasaba en los estudios, lo único que me hacía merecedora de atención, mi vida hubiese resultado totalmente intolerable. Pensé en desaparecer, lanzarme por el puente por el que atravesaba camino a casa ¡cualquier cosa para no presentarme portadora de tan degradante noticia! Por eso, desesperada, me dedique a estudiar hasta que me aprendí de memoria esa lección sobre el petróleo que me valió la esperanzadora felicitación Ese año mordí a solas mi impotencia, mi honda nostalgia por mi antiguo colegio, por la madre Dolores, por mis largas medias marrones a la rodilla y por mi hermoso libro de tapas rosadas: la Gramática Española que me había sido comprado a comienzo del año escolar. Debía estudiar en otros libros. Años después, en bachillerato, volví a mi colegio pero ya no era el mismo de antes: no estaban mis antiguas compañeras, no estaba la Madre Dolores de mis primeros años, esa Madre Dolores, huidiza, que no consigue mi memoria fijar con nitidez, pero cuya imagen subsiste en mi corazón profundamente, tan hondamente que no recuerdo pormenores pero sigo reverenciando su recuerdo aunque Borges diga: “ los recuerdos nos traicionan, nunca la memoria atrapa el suceso tal como sucedió”

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